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Una contradicción con Dios

Publicado el 26 de Septiembre, 2013, 22:13. en Reajuste de Espectativas.
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La Biblia es un libro considerado sagrado para varias de las más grandes religiones del mundo, y fuente de inspiración para muchos de los seres humanos que han marcado la historia. La palabra Biblia viene del término griego “Biblon”, que significa “Libro”; y que a la vez es una palabra de origen fenicio, por cuanto corresponde al nombre de la antigua ciudad fenicia de “Biblos” (actual Líbano). Es por todos sabido que los fenicios fueron agentes exportadores de cultura por el mar Mediterráneo, transportando con sus mercancías el alfabeto y la escritura.

La Biblia al ser un texto sagrado, admite varios niveles de interpretación, con multiplicidad de significados, pero fundamentalmente es un libro de historia; la historia del pueblo de Israel, un pueblo contactado y que dio testimonio permanente de dicho contacto con otras realidades. Pero es una historia cierta, arqueológicamente comprobable, aunque muchos acontecimientos producto de la trasmisión oral y del tiempo transcurrido hayan variado, degenerado o se hayan cargado de un mayor carácter épico del que tenían originalmente.

Más allá del simbolismo de la imagen espiritual de un Dios con sus valores (capacidad creativa y capacidad de amar), de la que nosotros también seríamos un reflejo, planteémonos la posibilidad de que fuese ésta una aseveración directa y tácita: “Hagamos al hombre a imagen nuestra”... pero Dios no tiene apariencia física, y en el universo la regla es la variedad, por lo que estaríamos hablando de una siembra a imagen y semejanza de seres de otros mundos de apariencia humanoide (aunque los hay totalmente diferentes unos de otros, como los chinos de los negros o los europeos), pero que por cierta similitud mantienen una cierta relación estrecha con nuestro ambiente y clima.

La existencia de Dios ha sido objeto de argumentos a favor y en contra desde hace ya mucho tiempo por filósofos, teólogos y otros pensadores.

La reflexión sobre la existencia de Dios plantea cuestiones filosóficas fundamentales en relación con la ontología (rama de la metafísica), e implica un debate entre diferentes posturas cuya expresión habitualmente no se limita al mundo de la racionalidad, sino que se extiende al de las creencias. El teísmo y el ateísmo son las posturas teóricas favorables o contrarias a la existencia de Dios, respectivamente. Por su parte, el agnosticismo niega la posibilidad de conocer la existencia de Dios. Se han propuesto muchas denominaciones que matizan o definen con más precisión cada posible posición en este debate (panteísmo, deísmo, apateísmo, etc.)

Un problema básico es que no existe una definición universalmente aceptada de Dios. Algunas definiciones sobre Dios no son tan específicas como para permitir llegar a probar que exista una realidad que se ajuste a tales definiciones.

Los argumentos a favor de la existencia de Dios suelen incluir cuestiones metafísicas, empíricas, antropológicas y gnoseológicas. Las alegaciones en contra suelen incluir cuestiones empíricas y razonamientos deductivos o inductivos.

Aunque hace tiempo, buena parte del mundo académico occidental veía la cuestión de la existencia de Dios como un tema intocable o un seudoproblema, esta cuestión ha vuelto a suscitar debates vivos en filosofía.

Se ha llegado a escribir: «En el mundo académico, Dios no está muerto [en referencia a la muerte de Dios descrita por Nietzsche]: volvió a la vida a finales de los años sesenta».

La atribución del origen de la vida a un milagro divino no es sólo un anatema para los científicos, sino que también es teológicamente sospechoso. El término “Dios de las brechas” fue acuñado para burlarse de la idea de que Dios puede ser invocado como explicación, cada vez que los científicos tienen lagunas en su comprensión. El problema con invocar a Dios de esta manera es que, al avanzar la ciencia, las brechas se cierran, y Dios se ve progresivamente marginado fuera de la historia de la naturaleza. Los teólogos hace tiempo aceptaron que ellos estarían para siempre luchando una batalla de retaguardia si trataban de desafiar a la ciencia en su propio terreno.

Las principales creencias del mundo fueron todas fundadas en la era pre-científica, cuando se creía extensamente que la Tierra estaba en el centro del universo, y que la humanidad en el pináculo de la creación. A medida en que los descubrimientos científicos se han ido acumulando sobre los pasados 500 años, nuestro estatus ha ido disminuyendo gradualmente.

En primer lugar, se ha demostrado que la Tierra es solamente un planeta de varios que orbitan alrededor de una estrella. Luego, el sistema solar mismo fue relegado a los remotos suburbios de la galaxia, y el Sol ha sido clasificado como una insignificante estrella enana entre billones. La teoría de la evolución propuso que los seres humanos ocupan solamente una pequeña rama de un complejo árbol evolutivo. Este patrón continuó hasta el siglo veinte, cuando la supremacía de nuestra tan jactada inteligencia se vio amenazada. Las computadoras comenzaron a ser más astutas e inteligentes que nosotros.

A lo largo de los siglos, las iglesias cristianas, por ejemplo, se han visto obligadas una y otra vez a acomodar la nueva información científica que desafía la doctrina existente. Pero estas acomodaciones han sido generalmente hechas de mala gana y muy tardíamente. Sólo recientemente, por ejemplo, fue que el Papa reconoció que la evolución Darviniana no es más que solamente una teoría. Ahora, la ingeniería genética ha incrementado el espectro de bebés diseñados con súperintelectos que dejan al nuestro muy atrás. Y debemos considerar la incómoda posibilidad que en términos astrobiológicos, los hijos de Dios pudieran ser también corredores-galácticos. Los teólogos están acostumbrados a poner cara de valientes con tales progresos.

A pesar de no pretender ser histórico, ni un tratado antropológico, el Génesis acierta en señalar que después de todo lo creado apareció el hombre y no fue al revés. El ser humano es el último en la cadena evolutiva. ¿Y si hubiera sido la Tierra un laboratorio genético?

“Así pues, tomó Elohim al hombre y le instaló en el vergel de Edén para que lo cultivara y guardara. Luego dio Elohim orden al hombre diciendo: «De todo árbol del vergel podrás comer libremente, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no has de comer, pues el día en que de él comas morirás sin remedio»”.(Gen 2, 16-17)

 “Y empezaron a pecar contra los pájaros y contra las bestias, los reptiles y los peces, después ellos se devoraban la carne entre ellos, y se bebieron la sangre. Entonces la tierra acusó los violentos”. (Enoc 7,5-6)

El Mito del Génesis no es de origen hebreo sino sumerio. Recordemos que Abraham vivió en Ur de los Caldeos junto con su padre Teraj, y allí, él fue educado en el legado cultural de éste pueblo ancestral, donde como lo señalan las tablillas de arcilla sumerias, ya se hablaba de un jardín, del árbol, de la serpiente, del fruto prohibido (la inmortalidad) y de los “dioses” creadores.

La Iglesia no se ha pronunciado oficialmente sobre la existencia de extraterrestres. Ni la Biblia ni la Tradición Apostólica mencionan nada al respecto. La existencia de estos seres no cambiaría en nada la doctrina católica. La Biblia nos enseña que Dios posee supremacía y poder absoluto sobre todo lo creado. Sólo Dios es Dios.

Por otro lado la ciencia tampoco ha detectado señal alguna que sugiera la existencia de extraterrestres. Pero si existieran extraterrestres, ¿estos serían absolutamente dependientes del único Dios? y, si tuviesen inteligencia, ¿habrían sido creados para conocer, amar y servir al mismo Dios? También estarían bajo la autoridad de Jesucristo quien es, según la Santísima Trinidad El Señor de toda la creación y a quien todo ser en el cielo y en la tierra debe adorar. 

Por todo lo anterior podremos decir que los extraterrestres no tendrían ninguna autoridad sobre nosotros ni tan siquiera ser nuestros salvadores, ya que nuestro único Salvador sería Jesucristo, un Dios ajeno a esos seres que no han sido contemplados por la propia Biblia, porque nuestra caída fue "causada" por una ofensa contra Dios y sólo Jesucristo, por ser a su vez Dios, puede reconciliarnos con Dios.