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El Deseos

Publicado el 15 de Agosto, 2013, 17:13. en Reajuste de Espectativas.
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Siempre hablamos del deseo, esa palabra que encierra millones de cosas, actitudes y hasta comportamientos, que puede definirnos si mantenemos una actitud constante ante una acción o conducta determinada.

Deseamos, siempre estamos deseando algo e inmediatamente que ello se cumple otro deseo nos invade y hacia él marchamos una y otra vez hasta lograrlo ¿Por qué somos así o qué nos impulsa a ese comportamiento?

Si el deseo es el anhelo por saciar un gusto, el encanto que conmueve nuestros sentidos, sea por encauzamiento o motivado por vivencias pasadas, hasta por neto reflejo corporal, ya sea por objetos materiales, por saber, por personas o por afectos, nuestro comportamiento siempre estará atado a un deseo. Puede que el hecho en sí de ser humanos esté concatenado o yuxtapuesto a la necesidad de buscar… constantemente buscar algo, anhelarlo.

Desde que nacemos deseamos, amamos o queremos algo. Los brazos de nuestras madres, los juguetes que nos trae Santa Claus, el refresco que aún no está frío, la chica que siempre nos deja colgados de una mirada fría y paralizante o el coche que no está a nuestro alcance económico. No podemos evitar desear, porque desapareceríamos como especie. Algunos poetas creen que el amor es nuestra fuente motriz, los científicos opinan que es nuestro insaciable interés por conocer lo desconocido, lo que hay después ¿Eso, no son deseos? Deseos de conquistar, de atrapar para uno lo que nos está siendo prohibido, deseo de conocer lo que hay más allá de nuestra propia comprensión.

Normalmente confundimos el deseo con el amor, con la relación carnal que se establece al unirnos a otra persona sin importarnos lo que realmente nos es necesario y cuando despertamos de ese letargo y el deseo por continuar se apagó, las decepciones nos frustran, intentando luego evadir las responsabilidades, engañando, hiriendo al prójimo.   

El deseo no es más que la consecuencia final de la emoción inducida, en origen, por la variación del medio, continuándole la cadena causa-efecto que no es más que Emoción-Sentimiento-Deseo. Por otro lado a cada deseo le precede un sentimiento, se puede decir, en términos sexuales, que al deseo sexual le precede un sentimiento de atracción.

Las normas sociales actuales imposibilitan que esta frase sea de uso cotidiano, sobre todo por el miedo al rechazo. No obstante, el deseo —sea del tipo que sea— y su satisfacción, forman parte de la naturaleza humana. Satisfacer los deseos de forma adecuada implica el uso de la empatía para evitar agredir, y en consecuencia, provocar respuestas violentas en personas que, adecuadamente estimuladas, accederían sin problemas. Pero cuánto no fallamos en esta contienda, ya sea por inexperiencia o por una actitud desafiante e impositora  

Desde el punto de vista de la moderna sicología, el deseo es la motivación de la vida humana. Dirige y orienta los actos del hombre. Seguramente por ello es que el deseo nos saca de nosotros mismos, desubicándonos totalmente de nuestra objetividad, nos dispara y proyecta, y hasta nos vuelve excesivos, haciéndonos que vivamos en la improvisación, el desorden y el capricho, máximas expresiones de la libertad llevada al paroxismo. Pero también ese mismo deseo reivindica la vida, el placer, la autorrealización y hasta la libertad. Unos planifican su vida, mientras que otros la viven al ritmo que les marca el deseo.

El deseo de vivir y de hacerlo a nuestra manera hacen que nuestras biografías sean más descriptivas que explicativas, pues nuestras vidas no tanto se deben a los resultados u objetivos cumplidos, sino al sentido inherente al mismo proceso de vivir. Y este proceso, de uno u otro modo, lo establece siempre el deseo.

Antes de que esta ciencia se independizara del global conocimiento filosófico, se consideraba al deseo como a uno de los motores más importantes del comportamiento humano. Desde las doctrinas materialistas que propugnaban una satisfacción plena del deseo, hasta las espiritualistas, que lo trataban como una de las causas de la infelicidad, procurando trascenderlo para llegar, precisamente a la felicidad.

Entre estas últimas encontramos filosofías de gran altura como el Estoicismo clásico, o religiones como el Budismo.

Según se explica en los manuales de sicología, el hombre, como todos los organismos conocidos, se mueve hacia alguna parte porque necesita elementos que no tiene y que le hacen falta para su existir. La carencia de estos elementos provoca en los organismos alteraciones internas, desequilibrios y tensiones que se traducen en movimientos encaminados a conseguir del ambiente exterior lo que le falta en el interior. Por ello existen los sicópatas y los obsesivos. Pero en todos, ya seamos normales o no, una vez conseguido, la inquietud queda aplacada, recuperando el equilibrio interior, cesando la búsqueda, por el momento, hasta otro nuevo desequilibrio.

Si bien el deseo rebosa incertidumbre acerca del derrotero, a muchas personas les garantiza la seguridad en cuanto a los pasos dados. Bien entendido, el deseo no es una voz oscura, confusa y estúpida, sino que —en una persona madura— es luminosa, clara e inteligente. Las emociones están en la base de los deseos, y de la inteligencia se dice que es emociona, por lo que visto de este modo, el deseo se convierte en el portavoz de uno mismo.

Así pues, los conceptos biológicos de necesidades y lucha por la vida, tan caros a la sicología conductista contemporánea, han de aplicarse con suma cautela en el campo de las motivaciones humanas. El hombre comparte muchas necesidades con los animales pero puede renunciar a muchas de ellas. Entre las necesidades animales y los deseos humanos hay una notable diferencia: Nuestras necesidades no son del todo "necesarias". Además existen en el hombre deseos que superan con mucho lo biológico; por la realización de un valor estético, intelectual y religioso. El ser humano es capaz, a veces, de sacrificarlo todo, incluso su propia vida.

¿Qué es el deseo en sí mismo? ¿Una pulsión que nos inclina irremediablemente hacia un objetivo irracional, o una necesidad interna elegida deliberadamente, negociación racional mediante?

Para algunos, el deseo es la causa del sufrimiento mismo y su aniquilación, el secreto de la felicidad. Para otros, el deseo da sentido a la vida y es su móvil de inspiración y productividad. Por ello las apreciaciones varían cautelosamente a veces y concluyentemente en otras.

Si nos remontamos a Aristóteles, el deseo es uno de los componentes del apetito y no sería necesariamente irracional, sino que por el contrario, podría ser un acto premeditado, que tiene como objeto algo sobre lo que se ha de decidir. Para Tomás de Aquino, el deseo no es tan sólo un apetito sensitivo; este deseo puede ser sensible o racional y expresa la aspiración por algo que no se posee.

Otro aspecto que podemos contemplar sobre el deseo se refiere al punto de vista del placer que implica satisfacerlo. Cuando en lugar de fijar la atención en la necesidad ponemos la mira fundamental en el placer, nuestros actos quedan disociados de la necesidad que los causara. Así se crean necesidades que son verdaderamente artificiales como comer cuando estamos saciados o incitar artificialmente el deseo sexual por la pornografía. Esto llega a crear una adicción enfermiza para la psique y el cuerpo, convirtiendo la función normal del deseo en vicio. En lugar de conservar la vida, el deseo viciado la destruye por exceso.