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puntos de vista

Una noche de Perseidas

Publicado el 19 de Agosto, 2009, 14:57. en Instantáneas.
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By Manuel Darío

 

 

No sé si a todos aquellos que escriben literatura, profesionales o no, leídos o aún por leer les ocurre lo mismo, decía la otra noche de verano a mis amigos, reunidos todos en el porche del jardín, intentando refrescar el alma, más que la sed con unos traguitos de ron DonQ, hielo frappe y limón. Era ya tarde y el cielo oscuro apenas dejaba ver el titilar de las estrellas, y eso que esa noche se verían las famosas corridas de las Perseidas, por lo que mi telescopio dispuesto en el solárium permaneció estático sin ver una sola de las luminiscencias que como cada año algunos logramos disfrutar. No obstante a ello, la noche la pasamos entre mojitos y margaritas, entre piñas coladas y la famosa “Mentirita”, o sea el Cuba Libre, porque de libre, esa isla no tiene nada, arrullados por el constante mar que besa la orilla de nuestra playa.

Hablábamos de esas novelas donde los personajes toman vida, que van indicando al escritor lo que deben decir y nosotros, en un arranque de dependencia, nos dejamos llevar. Cuando eso ocurre, nos internamos en caminos que desconocemos, sin saber lo que podremos topar en él. A veces nos despliegan fabulosas fantasías, otras nos introducen en un mundo de sicología, que poniéndonos a pensar, nos ponen ante hechos que por más que queramos hallarle la lógica no tendremos esa precisa respuesta analítica; científica, como dijo la esposa de uno de mis amigos, antes de terminar su mojito hecho agua ya.

La algarabía por ver el cruzar de una de las famosas estrellas nos sacó por un instante de nuestras elucubraciones, casi al instante otra más y otra… y todos subimos escaleras arriba hasta el solárium, donde la brisa del mar llegaba más directamente y la noche era un manto azul cobalto extendido sobre nuestras cabezas, empañado por el resplandor amarillo de las farolas del parque. ¡Pero desgraciados de nosotros!, no apareció una estrella más, así que luego de varios minutos que me parecieron eternos bajamos a la comodidad de los asientos del porche.

Una nueva ronda, ahora de La Mentirita, nos llevó nuevamente al camino de los personajes y por arte de magia hablamos de mi novela Cuando a veces el tiempo no alcanza, donde la historia la cuenta el alma del personaje central, ese personaje que se vio obligado por una rotura de la lógica planificada por el propio Dios, a vivir tantas vidas como le fueron requeridas para hallar a su amor. Circunstancias quebrantadas que dieron al traste con una orden suprema ¿Y qué hacer? Se preguntaron en el cielo, y sin más, y acorde a las exigencias del personaje, una nueva re-estructura comenzó a planificarse.

¿Cómo lograste eso?, me preguntaron. No lo sé, fue todo lo que respondí. Ni idea tenía de lo que tendría que pasar el personaje, si realmente existe todo eso de la vida después de la muerte, si esto que vivimos no es más que una concatenación de hechos planificados para purificar “algo” que desconocemos o hemos olvidado. Pero me llevaron las circunstancias a recorrer esos linderos de la especulación, las creencias religiosas y la fantasía. Recreando toda una historia, que aunque casi increíble, realmente ¿pudiera ser?

Una vida y otra tuvo que vivir, hoy aquí en una isla del Caribe, luego en otra y luego en otra, siendo hoy un indio que descubrió a los conquistadores y luego un hijo de un hacendado que liberó a su esclavo particular, para concluir en un escritor que sentía hechos que desconocía, pero que en todas esas vidas buscaba algo que no sabía qué era. Y las almas, y los guardianes, y los entes superiores luchaban entre sí para lograr la armonía perdida siglos atrás, cuando se rompió lo establecido y las vibraciones recorrieron el tiempo y el dolor el espacio en aquel primer grito al perder a su amor.

Cuando mi ron puertorriqueño, DonQ, se acabó y mis amigos marcharon, decidí quedarme otro rato más sentado en mi cómoda butaca luego de despedirme con un beso de mi media naranja, degustando el habano que mi tía cubana reprochó al saber que era cubano de Fidel, haciéndole recordar que perdieron su negocio de tabaco en Cuba al llegar el señor de las sombras largas a esa hermosa isla caribeña. Rencor que aún hoy, a más de 50 años de aquello, todavía lleva a flor de su marchita piel por sus 90 años… ¡Pero si yo no fumo!, mas qué importaba, era casi el amanecer y me apetecía hacerlo, quizás en memoria de mi padre que cada sábado sentado ante el televisor, en mi inolvidable Viejo San Juan, veía atentamente el boxeo mientras tomaba sus traguitos de ron DonQ y fumaba sus puros traídos de Cuba sin que su rencorosa hermana lo supiera, o en alegoría a esas esperadas Perseidas que esa noche no se dejaron ver.