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by: Manuel Darío
Somos el reflejo de nuestros acontecimientos, el resultado de hechos que nos han moldeado. Tanto de los agradables como de los dolorosos, siendo estos últimos lo que más raíces introducen en nuestras memorias. Con todo ello caminamos la vida, reestructurándonos luego de cada contienda, largando un trozo de piel y algunas lágrimas; marcando indeleblemente nuestra actitud ante cada hecho que nos llegará. Cerrando las puertas muchas veces por temor a volver a caer. Pero el amor como el olor, como la luz del sol, como el trazo de un cometa en la noche, nos absorberá una y otra… y otra vez, marcando el derrotero a esa felicidad que ilusa, verdadera o hasta virtual nos alcanza cualquier día, por más que esquivemos su encuentro. ¿Qué podemos hacer para cuando él toque a la puerta?
No lo sabemos, porque tampoco le vemos tal cual es. Se esconde, se diluye o hasta se confunde entre las normalidades de cada instante. Una mirada, una sonrisa. Quizás un simple ¡No sé! y ya todo está hecho. Abierto ante nuestros pasos sin que podamos eludirle. O tal vez no queramos tampoco… Habrá mil y tres excusas para salvarle, mas él tendrá otras mil y tres razones para conquistarnos.
No importará si sufrimos, si lloramos, si dejamos, si herimos. No le importa si como un objeto más fuimos usados, si la propia vida nos llevó a cerrarnos. Él, el Amor, destruirá las disculpas, las razones, las necesidades prioritarias que durante algún tiempo nos hemos fabricado para ocultarnos de él… ¡Nada le importará!
Mas, cómo continuar, cuando fuimos diana de sus caprichos, de su loca manía de lanzar sus flechas sin importarle el momento, la circunstancia, el tiempo, la distancia. Se revolcará lo establecido para darle paso a la imperiosa necesidad de buscar a quien comenzamos primero a ver diferente, quien por "pura casualidad" estaba allí, cuando decidimos abrir la puerta y tomar la vida, luego y de apoco, como un cosquilleo insignificante subirá por la piel, penetrando los sentidos, hurgando entre los rincones más oscuros para llenarlos de luz.
De repente un día… de esos que tropezamos al doblar de una esquina, su figura se enaltece, se eleva, abarcando nuestro horizonte y ya no será aquella de tantos que cada día topamos en nuestro vivir y nos inventaremos las más fabulosas ilusiones, las historias contenidas en nuestras mentes. Pintando de violeta las fantasías, derramando los sueños en esa inmensa luna azul que mantenemos por siempre en nuestro oscuro cielo. Pero al decidir conquistar también seremos conquistados, cediendo espacio, terrenos, opciones; para compartirlas con esa persona que de forma inesperada corre por nuestras venas inundando la imaginación, germinando así la sonrisa que una vez perdimos.
Si al Amor le viéramos como es, delicado, tierno, falta de cuidos, necesitado de constancia, jamás pereciéramos en la cotidianidad. Si al Amor le tuviéramos como es, indeciso, taciturno, caprichoso, colérico, amable, enérgico… nuestra felicidad no fueran tan sólo unos años de armonía y satisfacción sexual. Fuera el Amor, el roce de manos una mañana, un guiño desde el auto a despedirnos, un te quiero lanzado desde la oficina y un No pude más y vine a verte…
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