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Es Navidad

Publicado el 24 de Diciembre, 2006, 17:39. en Reajuste de Espectativas.
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Una vez en el tiempo perdí la ilusión de la Navidad, quizás junto a las llamas de aquel arbolito sintético que comenzaron a invadir las tiendas por departamentos cuando yo era aún muy chico y nada comprendía de la Navidad. Regalos, sonrisas y fotos, era todo cuanto de ella conocía.

Aquel nacimiento que colocaban bajo el mismo y las motas de algodón imitando esa nieve que jamás cayó, las cartas repletas de pedidos hechas a los Reyes Magos y toda la ilusión que un niño podía albergar en ella fueron forjando sentimientos que llegaban junto a las manzanas, turrones y dulces que solamente en esa época podía comer… caminar las calles bajo el frío del Caribe de la mano de mi madre, viendo a quienes vendían las manzanas acarameladas y el maní tostado en sustitución de las castañas, mientras ella se aturdía buscando los regalos bajo la constancia de los gingles que llegaron a atiborrar mis niveles de aceptación hasta los días de hoy.

Existía un feeling que arropaba a cada persona y todas esperaban la cena del 24 de diciembre, el vino, la sidra, los turrones… y mi familia. Mi madre y su perenne sonrisa de labios perfectos y mirada dulce; mi padre, alto como jamás creí hubiera nadie, con sus cigarrillos H Upmman, o aquellos puros Partagás que dejaban su peculiar olor agradable a mi nariz, soñando que los probaría cuando fuera grande, porque deseaba ser como él; mi hermana y sus locuras de niña malcriada corriendo de un lado a otro, exigiendo su lugar preponderante.

Cajas, satinados papeles de multitud de colores, bolas de cristal, luces que pestañeaban entre las ramitas plásticas del arbolito navideño… ¡Un año más! escuchaba de labios de mis familiares, de amigos de la casa y absorbía todo el Christmas Spirit.

¡Es Navidad! y la alegría estaba en cada rincón de la casa, se apreciaba en los árboles del parque, en las calles y como era hermoso, me era perfecto y así quedó guardado entre cada espacio de mis memorias de niño. Creciendo con el sueño de atrapar alguna vez ese sentir que me dejó el sabor que nos dejan las cosas que se esfuman con rapidez.

En una navidad vi a mi madre caminar ruada hasta el balcón, asomar su rostro por encima de aquella baranda de pasamanos metálico, y una vez más su cara redonda y ojos expresivos se iluminaron, destellando luces de alegrías y corrí yo también… Había un auto nuevo justo a la entrada de la casa, allí, bajo los árboles de flamboyán y rosas… a la entrada de la casa. Era verde metálico, con aquellos cristales calobares que surgían entre la última moda, y sus ruedas de bandas blancas que hacían del auto toda una obra de arte de la industria automovilística norteamericana. Aquel Chevy´57 verde metálico que por años nos acompañó y que mi padre se auto-regaló por Navidad.

Esa Navidad que iluminó esperanzas, colocó una foto familiar en aquel cuadro sobre la televisión y dejó el mejor de los recuerdos.

Una vez despertamos y la Navidad ya no vendría, se había extraviado entre el odio de la gente y la envidia de quienes comenzarían a dirigir la vida. Volaron los recuerdos, y las añoranzas perdidas en el camino de vuelta jamás hallaron la senda que culminaba en mis ilusiones y como lo que poco saboreamos, quedaron grabadas en mis mejores rincones de mi recurrente cajita azul de los recuerdos. Y el tiempo pasó y de repente era otro lugar donde la navidad era diferente; había nueces, avellanas, aquellos añorados turrones y el indispensable vino, pero no estaban mis padres. Lejos quedaron en el pasado, entre esos días que mantendrían el color malva de los recuerdos mejores, entre chisporrotazos de alegrías y correr de lágrimas que traían aquellos instantes de tiempos mejores, donde el brillo de los ojos de mi madre, el humo del tabaco de mi padre y el correr de mi hermana, era todo lo que a los Reyes le pedía ese año que pronto llegaría a aquella foto atrapada en el marco que estuvo sobre el televisor y que mi madre colocó en mi maleta de futuro al partir.

Cuando les vi, era otra Navidad, muy lejos de aquellas otras y el arbolito amarillo ya no existía y las pocas bolas de cristal gastadas estaban por el tiempo. Quedaba el brillo de los ojos de mi madre al verme otra vez y el humo de los puros de mi padre ya no eran Partagás, ni mi loca y malcriada hermana era tan chica como cuando -sin saberlo- nos despedimos, y como algo lejano estaba ella entre los cuadros de las fotos conservadas como memoria. Pero ahora era nuevamente Navidad y la alegría debería estar entre todos, sin el arbolito, los turrones o el vino… ¡qué importaba!, si era a ellos lo que había pedido por Navidad.

Otras navidades llegaron, cada una sin algo más que la vez anterior, perdiéndose el espíritu que envolvía las notas de los villancicos, desaparecido aquel feeling que una vez existió por todas partes, a veces esperando el nuevo año dormido, sin la algarabía de las matracas, pitos y serpentinas… sin las 12 uvas, ni los besos de los amigos y familiares, pero todos juntos, desarrollándose en mí aquella añoranza que dibujarían las navidades perdidas, hasta que una nueva arribó sin mi presencia entre ellos. Una vez más lejos estarían, vertiendo por ellos ahora una copa de mi mejor trago, justo a las 12 de la noche, cuando el tiempo se detiene entre el ayer y el mañana, sin que un minuto nos diga si es el viejo o el nuevo año, y entre los chasquidos del hielo y las gotas del licor al romper contra el mosaico del suelo, pedía por ellos –además- otra navidad todos juntos.

Entre los regalos comprados en alguna de esas distantes navidades, estaba una copia de colección de aquel Chevy´57 que una vez disfruté dejando escapar las imágenes que corrían tras sus cristales, cuando me apoyaba en mis rodillas para verlas pasar. Era mi mejor regalo a mi padre, pero la imposición de la férrea distancia impidió una y otra y otra vez hacérselo llegar y quedaba en espera constante de poder enviárselo, que supiera que junto a aquella cajita roja recolectaba mis memorias junto a él y todos mis mejores sentimientos…

Navidades vinieron unas tras otras, acumulando años y deseos, imponiendo distancia. Perdido alguna que otra vez entre el alcohol y la mirada de una mujer, pero deseando siempre aquellas de color nostalgia, de ambiente distante, donde siempre estuvieron los brillantes ojos de mi madre y las locuras de mi hermana junto al humo lánguido de los puros de mi padre, y entre todos los recuerdos que llegaban al sonar las campanadas del Adiós a cada año que partía, otra vez más al suelo caía un trago ofrecido a ellos, intentando, como las viejas costumbres de mi abuela, abrirles el camino a mi encuentro.

Se fue perdiendo entre la nostalgia aquel halo de fantasía que coloreaba mis navidades, la espera de su llegada y las alegrías de mi familia… ¡Todo tan lejos! que otra vida requeriría para encontrarlas, porque ya se fue mi madre, dejándome sin su perenne alegría y sus ojos repletos de esperanza, tampoco está mi padre y sus cigarrillos lanzados a una esquina del balcón y su traguito de ron. La vida se los llevó sin poder contemplarles… sin decirles Adiós, dejándome a mí lejos de sus despedidas, con aquel juguete envuelto aún para su primera Navidad junto a mí.

… Es Navidad y el árbol que hoy construyo junto a mis hijos, será mañana -tal vez- los recuerdos prolongados que mantengo en mi ser, enredado entre cada adorno un sentimiento, entre cada bola un recuerdo, y de las canciones que voy escuchando saltan las lágrimas por sus ausencias, deseando tener como regalo una suave caricia de mi madre y aquellas miradas de mi padre cuando me decía bajito ¡Anda, que eres un hombre!