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Antes del microondas la vida era diferente, nadie corría a buscar nada, todos íbamos despacio porque tiempo había, no era cosa de estar con media vara de lengua afuera y los goterones de sudor corriendo por las sienes.
Había calma, se disfrutaba más de la conversación, de una charla ligera con el vecino o dejar pasar el tiempo mirando a los niños jugar sus juegos de temporada… así medíamos el tiempo, ahora football, luego las canicas, después la pelota, el volley… y la ¡playa! Se nos caía la baba mirando aquellos culitos bambolearse al compás de su andar cuando cruzaban nuestro ángulo visual y los amigos reunidos en la arena dejábamos la idiotez de ver quien tenía más bíceps o mejor formado el pecho por el gym… ¡Nada! Ellas nos destrozaban con un simple contoneo de sus caderas y un mirar de reojo, y como tontos les caíamos atrás ¡Qué tiempos aquellos!
Las películas del cine, las reuniones en la marquesina de las casas para bailar un rato con aquellas chicas, la que te miraba solapadamente, la que te quería comer con sus ojos, y el amigo que te ponía zancadillas para tumbarte la que más te gustaba. Eran tiempos mejores, cuando se compartía y se vivía mucho fuera de tu casa.
Así crecimos y así llegamos a la tienda de electrodomésticos y vimos allí, tranquilo, reluciente y repleto de orgullo al Microondas, con su tapa de cristal oscuro y sus botones de mando a uno de sus lados… ¿Qué era aquello? Nos decíamos, y el diligente vendedor venía en nuestra ayuda con su geta orgullosa porque la tienda exhibía un nuevo producto que revolucionaría no solamente al mundo y su tecnología, sino a la vida misma. No llegaría nadie a comprender que desde aquel mismo instante que apareciera aquella cajita metálica de color blanco y muy parecida a un tipo nuevo de televisión, que ya nada seria igual, que Cristo pasaría a segunda fila, desplazado al cabo casi de los 2 mil años… ¡Vaya record el del Señor! Pero en verdad, se lo merecía, destruía el mito del horno, del calentador y cuanto había hasta entonces para calentarse un plato frío de comida dejada por nuestras adorables madres porque llegábamos tarde de la universidad, un poco de leche o un trozo de pan del día anterior. Ahora todo es más sencillo, más fácil, meter el plato, el vaso o el trozo de bocata dentro de la cajita metálica, cerrar su puerta de cristal oscuro que jamás nos deja ver como lo que pusimos da vueltas dentro como un loco, hasta que ¡puf! ya está calentito y presto para comerse, y que gustosamente abrimos para sacar de él el alimento deseado, dejarlo medio abierto y largarnos sin más… ¿Quién cierra el microondas? ¡Nadie! Se quedará abierto hasta que otro venga y peleando diga lo mismo que dijimos nosotros cuando lo fuimos a usar ¡Coño, siempre igual… jamás cierran la puñetera puerta! ¡Un día lo van a joder! Pero no, él sigue ahí con su puerta medio abierta o medio cerrada, de acuerdo a como tengamos el día.
Antes las épocas las podíamos ya dividir en dos A.C y D.C, pero ahora hay que agregarle dos más: A.M y D.M, sí, porque el microondas nos trajo luego un sinfín de nuevos aparatos electrodomésticos… tanto para la cocina, como para el salón de estar, llegó la tele de veinte y tantas pulgadas, las de cristal plano, las de plasmas, los tape-recorder, los CD players, el karaoque, las vídeoconsolas, pero todo pereció al poco tiempo. Un nuevo aparato vino a revolucionar el mundo, haciéndolo cada vez más y más chico, alejándonos paradójicamente a la vez que lo íbamos aceptando en nuestras vidas. Se unió el televisor, la grabadora, que pasó ser almacén de datos de información, la maquinilla vieja se convirtió de la noche a la mañana en un esplendido keyboard, repletito de teclas con números, letras y raros dibujitos, todo unido por una infinidad de cables que se accionaba por otro más minúsculo aparatito nombrado Mouse, debido a su semejanza con el roedor que tanto dolor de cabeza nos ha dado desde siempre, desde que decidimos avanzar y convertirnos en sociedad apiñada en tugurios nombrados ciudades.
Sí señores… ¡la computadora! Ese maravilloso invento que nos ha encerrado en una habitación plantándonos ante un reluciente screen que nos comunica y nos acerca con cualquier parte del mundo, menos con nuestra familia, y nuestras madres, esposas o hasta abuelas se desgañitan gritando ¡Vengan a comer! Ante ellas pasamos todo el tiempo libre y no, pues ya no hay centro de trabajo que no tenga al menos dos… a veces me cuestiono para qué, si cuando vamos a reclamar algo que les compramos jamás poseen la factura que nos iniciaran cuando fuimos, precisamente, a comprarles, ese día que nos pidieron hasta la hora que vamos a hacer caquitas, pero no… ya no hay nada allí dentro, no apareces ni en los centros espirituales ¡Hasta eso amigos! Hasta los centros espirituales se han convertido a cibernautas y tu horóscopo te lo envían gratis a tu e-mail o tu carta astral la puedes comprar en cualquier website del menester… ¡El amor! Dejamos de andar por las calles con nuestros amigos, tomándonos unas frías cervezas en el pub de siempre, vertiendo jabón líquido en la fuente de la avenida principal por el sólo hecho de joder al policía del barrio con la espuma que se arma luego; de enamorar a la chica nueva del barrio por andar "navegando" -palabrita rebuscada para que no nos creamos idiotas- por los cyber-espacios.
Todo, de a poco, ha ido sucumbiendo al ordenador, a la computadora… en vez de sucumbir con la puta de Dora. Pero no, el microondas está ahí, ecuánime, en paz consigo mismo, sabiendo que por muy computadora que sea la nueva tecnología adquirida, él estará siempre en primera fila, el aparatito recurrente cuando nos percatamos que hemos perdido todo el santo día frente al brillante screen, desechando los papeles blancos donde antaño escribíamos los capítulos de nuestras novelas, donde dejábamos las lágrimas en las estrofas de los poemas por el amor perdido o no hallado… ¡Ah las golondrinas que no volverán!... al menos, si no desaparece el ordenador.
Y me cuestiono ahora: ¿Qué sucedería si por arte de magia, por un rayo caído del infinito, por una orden celestial dada por Cristo al verse desplazado ya no por el microondas, sino también por el ordenata, o porque un loco que no tiene lap-top y aborrecido del mundo y de la vida misma se lanzara contra una subestación y nos dejaran sin fluido eléctrico durante un mes? ¿Qué harán nuestros hijos, si no tienen la más puta idea de cómo divertirse fuera de las cuatro paredes de su dormitorio?
Talvez aquellos de antes del microondas logren sobrevivir, como cuando un huracán llega a las costas de alguna islita del Caribe y sus nativos se la componen todo un mes sin agua, ni luz, calentando o cocinando con leña sus aimentos, mientras que los europeos y americanos vacacionistas se tiran de los pelos y terminan por interrumpir sus días en la afrodisíaca islita, sin llegar jamás a comprender que precisamente ese huracán hace de la isla lo paradisíaco.
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